Por qué convertimos las fichas en juegos
Empezó en mi casa. Mi hija traía del colegio una ficha de vocabulario —una hoja con dibujos y la palabra debajo— y tenía que aprendérsela para la clase siguiente. La leía, la repetía en voz alta, la tapaba con la mano para probarse. Y a los dos días, cuando le preguntaba, no se acordaba.
No era falta de ganas. El problema es lo que la ficha le pedía: mirar y recordar. Una hoja no te dice si te equivocaste, no te vuelve a preguntar lo que fallaste y no te da ninguna razón para volver a abrirla. Se estudia una vez, se guarda en la mochila y se olvida.
Lo que hicimos
Tomamos esa misma ficha —las mismas imágenes, las mismas palabras, tal como se las enseñaron— y la convertimos en un juego. Aparece la imagen, hay que elegir la palabra correcta y hay un tiempo corto para hacerlo. Si se equivoca, la pantalla se queda unos segundos mostrándole cuál era la buena.
El cambio es pequeño pero lo es todo: en vez de leer la palabra, tiene que traerla de la memoria —que es justo el esfuerzo que la hace quedarse—, con una respuesta inmediata y en partidas de dos minutos que se pueden repetir cuantas veces quiera.
Qué pasó
Que lo repetía sola. No porque se lo pidiéramos: volvía a jugar para superar su puntaje. Y esas repeticiones —las que en la ficha no ocurrían nunca— son las que hicieron que las palabras se le quedaran.
Es la experiencia de una casa, no un estudio. Pero funcionó lo suficiente como para que quisiéramos hacerlo con las fichas de otros niños, y así nació esto.
¿Quieres que tu hijo practique un tema jugando?
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Lic. Janeth Méndez · UNMSM
Desarrollado por Lic. Janeth Méndez HuamánEgresada de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos